Thursday, March 29, 2007

MUERTE NUMERO CINCO

Había soñado con esto toda su vida. Las flores a su alrededor, el cielo en un profundo azul y todo perfectamente arreglado.
Mientras la espera obligatoria se llevaba a cabo, su pelo arreglado en mil dobleces y con un tocado de flores blancas se reflejaba en el espejo desde la ventana.
Saliendo al jardín, el olor de las rosas le atrae acercándose cautelosamente para evitar manchar su vestido. Da un pequeño paso y el tacón se atora entre el pasto recién desplegado. Entre pequeños esfuerzos, una bronca voz ofrece ayuda.
Negando la mirada, accede elevando el brazo a la altura de la voz. Mientras tanto, el corte plata se atora en la pedrería de su atuendo, pero entierra instantáneamente en la parte de arriba de su espalda. Pensándolo insuficiente, la bronca voz toma la cabeza, provocando una mirada de fascinación por aquel encuentro.
Sabía que no había modo de liberarse, por lo que accedió al momento de toparse con el brillo de esos ojos, los mismos que meses antes había conocido en el bar y despedido en el departamento.
El corte plata clava ahora en el pecho, obsequio anterior que sin querer, creyó poseer por siempre. Soltándo el cuerpo en el jardín, se aleja escuchando las campanas que anunciaban el inicio de la ceremonia.

 

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MUERTE NUMERO DOS

La soledad la estaba inundando . Cada vez los días eran más frios, las noches mas oscuras, las horas más largas.
Mirando a través de la ventana, las gotas resbalaban libres, regocijantes en su caída. Su corazón al igual que el día se encontraba lleno de lluvia. Había un extenso silencio que se interrumpió con el suave suspiro que indicaba la hora. Sintió un obstáculo en su garganta. Su mirada seguía fija en el gris día. Fue entonces cuando se desprendió de su alma. Un leve rocío se mostró en su cara cuando ya no respiraba. Aún sentía un poco de frio, pero en un segundo se fue al igual que todo.
La silla crujió un poco y al momento se volvió inmovil.
Tan profunda como aquel día su mirada seguía clavada en la ventana.

Posted by nahiely at 22:39:54 | Permalink | No Comments »

 
MUERTE NUMERO UNO

 
Estaba empapada su cara, rojas sus manos y sentía un cansancio fatal. Escuchaba voces distorsionadas por su fuerte dolor de cabeza y que se confundían con sus gritos por algunos instantes. Parecía que aquello por fin se había dejado de mover. Las lágrimas de dolor transcurrían mientras la mujer le aplicaba masajes que tan solo disfrazaban el cansancio. Lentamente voltea la mirada para toparse con un destello que se acercaba rapidamente.
Ahora ya no puede gritar. El destello penetra lentamente. Un grito y el sudor ha desaparecido, todo se mueven más rapido.
La visión se torna borrosa, pero alcanza a distinguir algo rosado en el lugar donde se hallaba el destello. Todo se torna obscuro. El cuarto deja de ser ruidoso. Las manos ya no son rojas. Ha entrado él y he salido yo. Muy a lo lejos más gritos, ha valido la pena.

 

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Cronicas de la Muerte de una Mujer o Y Murieron Felices Para Siempre

PRÓLOGO

 La mujer. Prefección. Obsesión. Sentimiento. Vida que ofrece y muerte que recibe. Madres, hijas, compañeras, trabajadoras, solitarias, amantes, maestras, refugios. ¿Cuántos papeles es capaz de realizar una mujer? ¿Quién es capaz de dar un completo valor y entregar su vida por ella? ¿Cuántas veces tienen que gritar en su interior para recibir lo que quieren de nadie?… ¿De qué manera se puede morir una mujer? Escrito impersonal, como su vida, en ningun tiempo, en ningun contexto específico. Como pasa desapercibida, como nadie se da cuenta. Como mujer.

Posted by nahiely at 21:45:32 | Permalink | No Comments »

Mi país de las Maravillas

Había una vez una niña en el bosque. No sabía a donde iba, solo caminaba siempre en círculos. Con la mirada a diario hacía abajo, evitaba las piedras, esquivaba los insectos. Por la noche se tendía en algun claro cercano para admirar las estrellas, aunque siempre le diera frio. Su vestido era tan corto que demostraba que había crecido, sus cabellos tan largos y enredados que parecían cien nidos dorados.

Cada vez que su piel tocaba el pasto, sentía un escalofrío desde su pie hasta su frente, por lo que pensaba que ese era el lugaren el que debía estar.

Un día decidió caminar mas lejos. En silencio, despacio y en defensa como siempre lo solía hacer se encamino en su nueva aventura. Encontró una cabaña, oscura, curiosa, acogedora. Parecía que le decía que entrara, cada vez mas fuerte conforme pasaba el tiempo. Llena de miedo, la niña abrió la puerta y entró.

El frío inmenso, la oscuridad, los murmullos provenientes de ningún lado la cegaron, y decidió quedarse ahí algún tiempo.

Pasaron cien años y la niña dejó de ser niña. Todavía con la piel mas suave, con el cabello mas enredado, con el vestido mas corto. Caminaba de un lado para otro sin encontrar nada, como la niña lo solía hacer diariamente dentro de la cabaña. Pero por alguna razon, nunca encontraba la salida, a pesar de que la puerta siempre estuvo de par en par.

Esa noche, el claro de la luna fue el mas intenso que hubo en cien años. Los precipitosos rayos entraban por una grieta directo hacia la mano de la niña. Ella despertó y sientio el tibio calor de los rayos sobre sus contra palmas. Poco a poco fue recordando que afuera había luz, que existían otros olores aparte de la madera vieja y roida, que ella estaba caminando antes hacía algun lado.

Inmediatamente buscó la puerta, que bastó con tocarla para que se abriera lentamente. Tenía mucho miedo de volver a sentir, lo que alguna vez cuando fue niña, sintió todos los días. Poco a poco sus pies hicieron contacto con el pasto, sus ojos se llenaron de luz de luna, su nariz se envolvió en el olor a jazmin que se desprendía de los árboles.

No podía contener sus sentidos, los cuales estaban totalmente inundados de sensaciones después de tanto tiempo de estar insensible. Pero aún algo hacía falta. Se posó bajo un árbol que le brindaba sombra durante el día, cobijo bajo la noche. Vio pasar el sol, la luna, las nubes, varios atardeceres. Sentada ahí. Hasta que un día, escucho un murmullo. Abrio los ojos grandes y trató de no moverse. Una sensación de copo de algodón le rozó la cara, la piel se le erizó y al instante volteo la mirada hacía arriba.

Los murmullos eran de un gato que estaba enredado en una de las ramas de la nueva casa de la niña. Apenas sus miradas se cruzaron, el gato dio un salto hacía el regazo de esta, con tal confianza que parecía que ya habían estado asi antes. La niña (que ya no era niña), lo acarició, sintiendo el suave y tierno pelaje entre sus dedos, haciendo presion desde la sien hasta la cola, de un lado a otro. El calor del  cuerpo del gato le empezó a devolver color a sus manos, que sin darse cuenta, estaban ya frias y muertas. De vez en cuando se inmovilizaban y parecía que eran una sola imagen. La niña, el gato, sus miradas, sus olores, su respiración y latidos, todos eran de pronto uno solo.

Un día la niña sintió que había recuperado las fuerzas y por primera vez volteó a su alrededor. Ahora todo era mas brillante, el sol sobre el rocío entre las hojas y flores deprendía mágicos destellos que hacían que entrecerrara los ojos de vez en cuando. Nunca el jazmín había olido tan bien, o el pasto había sido tan suave.

Tomo al gato entre sus brazos y empezó a caminar en dirección del claro de estrellas. Aquellos botones plateados tenían que ser su próximo refugio, pero ahora iban a ser mas suaves y mas brillantes que nunca, pues el gato estaba a su lado.

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