Había una vez una niña en el bosque. No sabía a donde iba, solo caminaba siempre en círculos. Con la mirada a diario hacía abajo, evitaba las piedras, esquivaba los insectos. Por la noche se tendía en algun claro cercano para admirar las estrellas, aunque siempre le diera frio. Su vestido era tan corto que demostraba que había crecido, sus cabellos tan largos y enredados que parecían cien nidos dorados.
Cada vez que su piel tocaba el pasto, sentía un escalofrío desde su pie hasta su frente, por lo que pensaba que ese era el lugaren el que debía estar.
Un día decidió caminar mas lejos. En silencio, despacio y en defensa como siempre lo solía hacer se encamino en su nueva aventura. Encontró una cabaña, oscura, curiosa, acogedora. Parecía que le decía que entrara, cada vez mas fuerte conforme pasaba el tiempo. Llena de miedo, la niña abrió la puerta y entró.
El frío inmenso, la oscuridad, los murmullos provenientes de ningún lado la cegaron, y decidió quedarse ahí algún tiempo.
Pasaron cien años y la niña dejó de ser niña. Todavía con la piel mas suave, con el cabello mas enredado, con el vestido mas corto. Caminaba de un lado para otro sin encontrar nada, como la niña lo solía hacer diariamente dentro de la cabaña. Pero por alguna razon, nunca encontraba la salida, a pesar de que la puerta siempre estuvo de par en par.
Esa noche, el claro de la luna fue el mas intenso que hubo en cien años. Los precipitosos rayos entraban por una grieta directo hacia la mano de la niña. Ella despertó y sientio el tibio calor de los rayos sobre sus contra palmas. Poco a poco fue recordando que afuera había luz, que existían otros olores aparte de la madera vieja y roida, que ella estaba caminando antes hacía algun lado.
Inmediatamente buscó la puerta, que bastó con tocarla para que se abriera lentamente. Tenía mucho miedo de volver a sentir, lo que alguna vez cuando fue niña, sintió todos los días. Poco a poco sus pies hicieron contacto con el pasto, sus ojos se llenaron de luz de luna, su nariz se envolvió en el olor a jazmin que se desprendía de los árboles.
No podía contener sus sentidos, los cuales estaban totalmente inundados de sensaciones después de tanto tiempo de estar insensible. Pero aún algo hacía falta. Se posó bajo un árbol que le brindaba sombra durante el día, cobijo bajo la noche. Vio pasar el sol, la luna, las nubes, varios atardeceres. Sentada ahí. Hasta que un día, escucho un murmullo. Abrio los ojos grandes y trató de no moverse. Una sensación de copo de algodón le rozó la cara, la piel se le erizó y al instante volteo la mirada hacía arriba.
Los murmullos eran de un gato que estaba enredado en una de las ramas de la nueva casa de la niña. Apenas sus miradas se cruzaron, el gato dio un salto hacía el regazo de esta, con tal confianza que parecía que ya habían estado asi antes. La niña (que ya no era niña), lo acarició, sintiendo el suave y tierno pelaje entre sus dedos, haciendo presion desde la sien hasta la cola, de un lado a otro. El calor del cuerpo del gato le empezó a devolver color a sus manos, que sin darse cuenta, estaban ya frias y muertas. De vez en cuando se inmovilizaban y parecía que eran una sola imagen. La niña, el gato, sus miradas, sus olores, su respiración y latidos, todos eran de pronto uno solo.
Un día la niña sintió que había recuperado las fuerzas y por primera vez volteó a su alrededor. Ahora todo era mas brillante, el sol sobre el rocío entre las hojas y flores deprendía mágicos destellos que hacían que entrecerrara los ojos de vez en cuando. Nunca el jazmín había olido tan bien, o el pasto había sido tan suave.
Tomo al gato entre sus brazos y empezó a caminar en dirección del claro de estrellas. Aquellos botones plateados tenían que ser su próximo refugio, pero ahora iban a ser mas suaves y mas brillantes que nunca, pues el gato estaba a su lado.